Había comenzado el mes de julio 2009, y se volvía actualizar la decisión de mi esposo Washington de viajar a Quito- Ecuador. Mi Patria querida. Tenía que conseguir en la ciudad de Otavalo, situada al norte de Quito, mercaderia que luego la vendía aquí a sus clientes. Textiles como camisas bordadas, ponchos de lana. Ornamentos hechos de madera, como nacimientos y muchas otras figuras más. Esto lo ha venido haciendo desde hace ya unos 12 años. Es su trabajo, es su vida. Y según él nadie ni nada, podrá imponerse para no viajar.
¿Que hacer?. Pensaba.... no era conveniente que mi esposo viajara solo, y la verdad yo personalmente no quería viajar. Tenía sentimientos encontrados. Por un lado volver a la tiera a donde nací y crecí. Volver a recorrer los mismos caminos, las mismas calles de mi ciudad querida, Quito, la capital del Ecuador. Volver a confundirme bajo un abrazo fraterno con mi hermana querida. Pero por otro lado sentía algo extraño en mi ser, ese algo que a veces, como un sexto sentido nos pone en alerta y tensión.
Estaba decidido. Saldriamos en el vuelo de Continental el día 16 de julio, y llegariamos a las 12 de la noche. Viajamos en primera clase. Un viaje largo de siete horas. La atención fué muy buena.
Al acercarnos a la ciudad de Quito, admiré desde el aire sus imponentes montañas. Las luces centellantes daba a la ciudad un aire mágico en la noche. En pocos minutos nuestro avión aterrizaba en la pista del aeropuerto Mariscal Sucre. Sentí mucha alegría. Estaba sobre la ciudad que me vió nacer. ¡Que bella y majestuosa!
De pronto la magia se rompió y volví a la realidad. Ya en el aeropuerto observé que los empleados usaban mascarillas por la gripe H1N1. Una de ella me gritó tratando de agarrar mi brazo "deténgase en la cruz". Me desagradó su actitud. Le dije "está bien, pero no me toque...."
Tomamos un taxi que nos condujo hasta la calle Mariana de Jesús y Amazonas, lugar a donde está ubicado el edificio de Departamentos donde nos quedamos. Nos recibió el Guardia de Seguridad, quien amablemente nos ayudò con nuestras maletas. Nos entregó las llaves . Habiamos estado ya en otras ocasiones en este lugar. Un departamento amoblado, de dos dormitorios, sala-comedor, cocina y un baño. Mi nueva vida en mi ciudad, comenzaba ya.
Necesitaba ir a la regadera. Me ayudaría a relajarme. El agua estaba muy fría. Tenía que conectar el tanque y esperar una media hora. ¿qué esperas?..me dije a mi misma. Después de todo estoy acostumbrada al baño de agua fría. ¿pero helada?...¡que frío!. Necesitaba un té caliente, luego de la ducha helada. Apresuradamente puse la taza de agua con el té en el horno de microonda....no trabajaba. Fuí al dormitorio para intentar descansar. Prendí la TV....tampoco trabajaba. 2.45AM. Tendría que esperar las 10.30AM, que comienza el horario de atención en la oficina de Administración de los departamentos para hacer mi reclamo.
En la tarde salí con mi esposo al centro comercial El Jardín, ubicado a media cuadra de los departamentos. Subimos en el elevador a la tercera planta, a donde están ubicados los restaurantes. Hay toda clase de comida. Me decidí por un ceviche de conchas. ¡que delicioso! Y de postre un helado. Luego disfrutamos caminando dentro del centro comercial.
De la última vez - hace dos años- que estuve en Quito, me dió la impresión que había muchísimo extranjero, especialmente cubanos y venezolanos. Conversé con algunos de ellos. Casi todos me dijeron que querian encontrar un trabajo y quedarse a vivir en Ecuador. Una muchacha cubana me dijo "chica vé a "La Florida". ¿Donde queda este lugar? -le pregunté- "es nuestra pequeña Cuba" me contestó muy alegre y dando saltos. En efecto es un barrio hacia el norte de Quito. Aquí se han instalado los cubanos. Tienen puestos de comidas, almacenes, salones de belleza y hasta un gimnasio. ¡Que bien!. Mi país dando asilo, trabajo y facilidades a gente cubana, mientras nuestro pueblo carece de todo. Afuera del centro comercial "El Jardín" hay personas que suplican "una ayuda para comer". Pero el dictador de Carondelet, sigue gastando el dinero producto del petróleo sin que nadie le pida cuentas.
Casi estaba por terminarse el día. Teniamos que descansar. Mañana saldremos hacia Otavalo. Antes me dirigí a un centro de internet, y pedí una computadora -máquina- como le llaman por acá. Escribí un mensaje a mis hijos, avisándoles que estabamos muy bien.
Al regresar al departamento, nos habían cambiado el aparato de TV y el horno de microonda. ¡que alivio!
Sábado 18 de julio, temprano en la mañana tomamos un taxi y nos dirigimos a la ciudad de Otavalo. Durante el viaje disfruté de los paisajes de la sierra ecuatoriana. Luego de un viaje tranquilo, estábamos ya en el centro turístico y comercial de Otavalo. El mercado de ponchos de lana, muchos puestos al andar, llenos de infinidad de cosas: carteras tejidas en paja toquilla, blusas, camisas bordadas de hombre, con diferentes diseños. Almacenes llenos de mercadería. Me acerqué a uno de ellos para comprar mullos de tagua. ¡que bellos! infinidad de colores y tamaños. Con este material se puede confeccionar aretes, pulseras, collares. Cada persona trabaja de acuerdo a su iniciativa.
Antes de regresar a Quito, disfrutamos de una buena comida típica en un pequeño restaurante. ¡que alivio! mi esposo tenía ya su mercadería. Misión cumplida... me dije a mi misma. Tomamos un taxi que nos llevó de regreso .
Durante algunos años trabajé de voluntaria enseñando pintura, en la parroquia de la Iglesia de Santa Teresita. Hoy domingo 19 de julio, asistiría a misa, y quizá pueda saludar con alguno de los padres Carmelitas que dirigen esta parroquia. Después de asistir a misa, y siempre acompañada de mi esposo, fuí a la casa de mi hermanita. Tuve la dicha de volverla a ver y darle un fuerte abrazo. Se me hizo muy duro verla tan delicada de salud. El encuentro fué muy doloroso, tanto para ella como para mí.
Antes de regresar al departamento, nos detuvimos a cenar en un local muy típico de comida manabita.
Los siguientes días volví a visitarle a mi hermanita. Le llevaba un plato de su preferencia : pollo a la parrila, del restorante "La tablita del tártaro".
A partir del 22 de julio, comencé a sentirme muy mal con el estómago. Ya no podía comer nada. Mi esposo me llevó a la Clínica Pasteur. Luego del chequeo, el médico diagnosticó que tenía lo que ellos llaman la "enfermedad del viajero" resultado del cambio de comida y agua. Me prescribió dos medicamentos y suero oral. Por precaución, y tomando en cuenta que la pandemia de la gripe H1N1 estaba presente entre la población en la ciudad de Quito, quisimos tener una segunda versión y fuimos al Hospital Metropolinano. El médico confirmó que no tenía ningún síntoma de la gripe H1N1.
"Ese algo que a veces, como un sexto sentido nos pone en alerta y tensión" ...se había cumplido.
Así terminé mi estadía en mi bella ciudad de Quito. Regresamos a nuestra casa, aquí en Texas, el día 31 de julio último.




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